Si tú eres la yegua de ámbar yo soy el camino de sangre Si tú eres la primera nevada yo soy el que enciende el brasero del alba Si tú eres la torre de la noche yo soy el clavo ardiendo en tu frente Si tú eres la marea matutina yo soy el grito del primer pájaro Si tú eres la cesta de naranjas yo soy el cuchillo de sol Si tú eres el altar de piedra yo soy la mano sacrílega Si tú eres la tierra acostada yo soy la caña verde Si tú eres el salto del viento yo soy el fuego enterrado Si tú eres la boca del agua yo soy la boca del musgo Si tú eres el bosque de las nubes yo soy el hacha que las parte Si tú eres la ciudad profanada yo soy la lluvia de consagración Si tú eres la montaña amarilla yo soy los brazos rojos del liquen Si tú eres el sol que se levanta yo soy el camino de la sangre.
Sí, yo voy huyendo, en mi corazón la noche se disfraza de corazón, en mis cabellos el viento se disfraza de cabellos, mi rostro está tan oscuro que los astros han volado mis márgenes.
En las esquinas están los avisos, se promete mi captura, se promete mi iniquidad, le dan un apodo a mi degüello, lo hacen risible; y yo trato de escaparme de esa forma de morir, de ese cincel con que quieren modelar mis facciones.
Y no puedo responder porque mentiría, porque pediría perdón de rodillas, y mis lágrimas volverían a ser falsas y se dejarían visitar por la luna, por el romanticismo de un jardín y una muchacha esperándome.
Una palabra, una historia arremansada en sus aguas como un barco que va a ser carenado, una historia de amor desgarrada y zurcida después convenientemente; no, mil veces no, maldito sea yo y todos los que me rodean. Los que me aplauden mienten, los que me niegan mienten; soy el falso profeta que nadie esperaba, soy mi hermoso recuerdo, soy mi falso recuerdo, soy el tigre de la oveja y la oveja del tigre en un antro de espejos.
Por eso he huido, pero huir puede ser una forma literaria, un regodeo ante mis perseguidores, y el antifaz azul de la noche está sobre mis ojos como mi propia carne; por eso no dicto el amanecer, por eso no gozo el producto de una supuesta gracia, ni estoy enrolado a ninguna adivinación. En mi palabra no almuerzan la advertencia ni el resguardo, la súplica o la dádiva, con mi palabra no alimento tampoco a los muertos, a los que llevan una antorcha apagada en lugar de sonrisa, una mueca nocturna en lugar de lágrimas, una cabeza degollada —la propia— como feroz alimento.
Huir en las sombras, repetir la equitación del alma; un alto disfrute para el amor, alcobas como viejas danzas de imitación y dudoso deslumbre, mujeres encantadas por un brillo y por una estirpe que memora en los cuerpos la rosa de mar de la juventud.
Yo iba huyendo de otros como se huye de uno mismo, de la propia palabra condenada al corazón de su propia impureza, a la armadura de su propia memoria.
Dadle mis huesos a vuestros perros y ustedes también terminarán inoculados, porque la rabia es un alimento pernicioso, una mordida así en el alma equivale a un descrédito de los ojos con que el amor os ha regalado.
Implacable ley aquella que ha sido plantada en el árbol de la medianoche; cenicientas y príncipes retornan a sus casas cubiertas por el polvo de las falsas adivinaciones, y la inocencia se disuelve en un puñado de arena que levantan las pisadas de las cabalgaduras diligentes y ridículas de los funcionarios de la Razón y la Ciencia.
Debo advertirles, sin embargo, que no puedo odiarlos como quería; comí entre ustedes, compartí vuestro pan y vuestro vino, compartí vuestras mujeres, y en la sobremesa también yo dije bromas amables, supe portarme como hábil cortesano, hice mías vuestras fórmulas de progreso, amé a vuestras hijas en secreto — la soledad de mi cuarto puede narrar esto mejor…
Ahora huyo, perro mojado con el pelambre gris pegado a la carne, huyo sin saber de quién ni por dónde, y esos edictos en las esquinas no hablan de mí sino de aquel que fui, piden la cabeza que ya no me pertenece ni tengo, piden la palabra que ya me abandonó y abandoné.
En suma, hablan de otro, y mi huída no tiene otra causa que evitar el encuentro con ese otro y ver cuando lo traigan a la Plaza de las Ejecuciones, maniatado, rodeado de soldados, bajo el sol radiante de la rechifla, la recriminación, la burla y los sobrenombres groseros, en esa futura mañana de la que ahora trato de escaparme.
Los panteones, no son lugares muertos en donde el tiempo se congela, los panteones, son esa enorme pradera de tristezas por donde caminamos los despatriados.
En medio de las cruces, nosotros, los huérfanos, llevamos flores a una tumba que poco conserva de la infancia que fuimos.
Y si nos encontramos de frente, agachamos la mirada para no llorar.
-que nadie note que estamos solos-.
Adolecer lo que los demás celebran, suspirar entre crisantemos y rosas -sobre todo rosas- odiar una canción; querer dormir y despertar una mañana sentados frente a la mesa, uniforme limpio, mochila azul, y nuestra madre...
no estas piedras, no la perpetuidad, no el epitafio.
Existe un lado oculto que nadie debe conocer, la orfandad no trae instructivo, y el funcionamiento interno es complicado.
"Hay tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado sueñe y sueñe. Y sus sueños eran, como todos los sueños, puras cosas imaginarias...Una vez vinieron los Reyes Magos y le trajeron un libro lleno de monitos donde se contaban historias de piratas que recorrían las tierras y los mares más raros que tú o yo hayamos visto. Desde entonces no tuvo otro quehacer que estarse leyendo aquella clase de libros donde él encontraba un relato parecido al de sus sueños.
Se volvió muy flojo. Porque a todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados, les da flojera hacer cualquier otra cosa. Y tú sabes que el estarse sentado y quieto le llena a uno la cabeza de pensamientos. Y esos pensamientos viven y toman formas extrañas y se enredan de tal modo que, al cabo del tiempo, a la gente que eso le ocurre se vuelve loca.
Aquí tienes un ejemplo : Yo."
Señor, la jaula se ha vuelto pájaro, qué haré con el miedo.
Al otro lado del río.
"EL PASADO"
Entre una ruina y otra ruina
levanté una casa,
entre dos fantasmas instalé una fe,
entre un abismo y otro abismo
dispuse los manteles de la mesa
y sonreí cuando entre dos montones de cadáveres
surgió un tulipán.
Así es como he vivido
hermanos míos.
¿Me comprenden ahora?
Así he vivido.